Del acta del Jurado del Premio de la Crítica de Asturias.
«El autor muestra en este poemario una voz muy personal para un discurso poético donde destacan la arquitectura del texto, el sentido del ritmo y la acertada simbiosis entre lo narrativo y lo lírico. Asimismo valora el acierto con que se cultiva el poema en prosa en este libro de amor y dolor profundos, lleno de veracidad y emoción, que examina valientemente ciertos tabús actuales y que desasosiega por su crudeza. Compuesto de poemas en un delicado punto de tensión, la palabra de Los círculos concéntricos, justa e irremplazable, conmueve y estremece».
Los círculos concéntricos tuvo una vida extraña. En 1998 ya estaba terminado. La publicación de Hay un ciego bailando en el andén ese mismo año aconsejó esperar para sacar nuevo libro, pero las horribles circunstancias que ocurrieron después hicieron que permaneciese en silencio editorial durante diez años y este libro nunca vio la luz. Solo una pequeña parte de él apareció publicada en 2008 bajo el título Los círculos concéntricos tras recibir el Premio de Poesía Blas de Otero y, posteriormente, el Premio de la Crítica de Asturias. Sin embargo, la mayor parte del libro seguía inédita... y en paradero desconocido.
Con los sucesivos cambios de ordenadores que ocurrieron en los años siguientes el archivo con el libro completo se perdió en algún momento de esos tránsitos. Para celebrar que en el 2018 se cumplían veinte años desde su escritura y diez de su publicación, se decidió hacer una reedición de Los círculos concéntricos. Pero cuando el libro estaba listo para enviar a imprenta ocurrió un hecho inesperado: Una vieja amiga me llamó para decirme que, revolviendo entre cajas antiguas, había encontrado el original del libro primitivo impreso en unos folios que yo le había enviado veinte años atrás. Me pareció que el libro completo recién descubierto no había perdido vigencia en todos estos años transcurridos. Hablé con el editor José María de la Quintana y él también pensó que era buena idea recuperar el texto íntegro. Así, un libro de 56 páginas se convirtió en otro de 140. Cambiaría de título (Las caricias del fuego) y aparecía publicado en octubre de 2018 por Amargord en una cuidadísima edición con ilustraciones de Eva Hiernaux. Le acompañaba una película completa, de 62 minutos, y un audio-libro con el recitado de aproximadamente un 75% de los textos del libro con la voz de su autor, que contiene lo más significativo y mantiene la línea argumental de la historia.
EL LIBRO PUEDE DESCARGARSE ENTERO Y GRATUITO EN LA PESTAÑA DE LAS CARICIAS DEL FUEGO, DONDE FUE INCLUIDO.
SUPE a los doce años que aquel coche tan grande era un Seat
—y con dos apellidos que son Mil Cuatrocientos. Verde, como el agua estancada. Y fuimos a estrenarlo.
Hasta esa edad recuerdo pocas cosas pues la memoria era un escenario inexplorado, oculto, sólo útil para que en él actuasen mis secretos.
Eran mis doce años.
Me enseñó cómo huelen los coches cuando nacen.
—Hay que estar muy atenta porque este instante es único y no se olvida nunca. Este olor primigenio sólo escapa el día que su dueño abre sus puertas por primera vez. Sólo una vez. Y sólo al primer dueño.
Y era cierto. Nunca más lo olvidé. Porque un poco más tarde y también para siempre habría de recordar el clic metálico que hace que se desmayen los respaldos. La frialdad del plástico de las tapicerías pegadas a mi espalda. El olor del tabaco en mi saliva. La presión caliente de unos brazos. El peso de otro cuerpo. La liviandad del mío.
Aprendí el tacto del semen, como la goma arábiga, y su olor, a lejía.
En casa me esperaba otro regalo. La postura correcta para usar el bidé. Me enseñó a hacerlo. Me quedó la impronta de aquel agua caliente corriendo por el cauce de mis muslos al mismo tiempo que mis ojos se perdían en un paisaje azul de baldosines.
Allí, quieta, escuchando el revuelo del agua mientras era engullida, mientras el sumidero succionaba mis lágrimas, aprendí a recordar. Aprendí a recordar con las piernas abiertas mientras contaba doce azulejos en el alicatado. Doce anillas sujetaban la cortina de la ducha. Doce veces el cuco abrió su puerta abajo, en el reloj del comedor. Doce veces cantó mis doce años. Doce años cumplí sentada en un desagüe.
Ese fue mi regalo, recordar.
Recordar cómo huelen los cuerpos cuando se abren en ese instante único. Recordar ese olor primigenio que se escapa el día que su dueño abre la puerta por primera vez.
Sólo una vez.
Y sólo al primer dueño.
ODIAR o ser amada.
Gritar o ser vencida.
Callar y ser amada.
Amar y ser vencida.
Odié.
Grité.
Callé.
Amé.
Fui amada y fui vencida.
Todos los caminos fueron a dar al mismo. El único camino por el que pude o supe andar para seguir sobreviviendo a todas esas sombras que se levantaban después de cada huella de mis pasos.
Y cuanto más corría, más se alzaban. Más deprisa pisaba mis talones
un pasado que a veces confundía sus bordes con mis límites.
Esa fue la batalla que libré diariamente siempre contra mí misma.
Perseguía mi sombra dando vueltas en círculos.
Dando vueltas,
vueltas,
girando
sobre un torno de alfarero estrangulé mi cuello y dilaté mi vientre hasta dejarlo hinchado, hueco, vacío, igual que una vasija que se agrieta en el horno incapaz de aceptar las caricias del fuego.