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SINOPSIS DE LA OBRA
Dijo Francis Ponge que el mundo, desde que existe, nunca funcionó tan mal: el artista debe convertirse en un mecánico, abrir un taller y reparar el mundo tal como le llega, por fragmentos; y no se debe considerar un mago, sino solo un relojero. Al poeta, como a todos, la vida le llega por fragmentos, pero también la emite por fragmentos. ¿Qué otra cosa es el poema?
En su primera parte, Taller de relojería (El relojero del mundo) parte de esa idea: el mundo no funciona de la forma correcta. Empieza con temas universales: la devastación, la guerra, la banalidad de la modernidad... Luego viaja en una constante tensión entre la individual incertidumbre y la aceptación del caos como algo inherente a la condición humana. Nos hace reflexionar sobre la dificultad para trascender las cicatrices del pasado y sobre cómo lo poético permite darles un nuevo significado. Inscrito en la tradición de la poesía reflexiva, explora las fracturas del espíritu: el dolor, la memoria, la pérdida, el individualismo, el sinsentido... Un poso nihilista recorre todo el libro. Dividido en fragmentos, tal y como pide Ponge, refleja la profunda naturaleza de la existencia misma, el absurdo de la actividad humana y la muerte como final.
En la segunda parte del libro, Cuerpos de Lewy (El relojero del ser), el texto aborda la complejidad de la memoria y el olvido en una persona enferma de Alzheimer, la lucha interna del ser humano con sus circunstancias y la búsqueda incesante del sentido de la vida, temas universales que resuenan con el lector. La obra explora, además, temas como la identidad, el envejecimiento, el pesimismo, la naturaleza de la realidad y la transitoriedad de la vida con un lenguaje introspectivo y reflexivo, invitando al lector a una contemplación profunda sobre su propia existencia.
Taller de relojería describe un mundo desarticulado que el arte, aunque limitado, intenta recomponer sin conseguirlo. Lo cual también deja al arte como actividad casi inútil. El libro transita por el camino del mal que habita el mundo, lo constata, tratará inútilmente de arreglarlo hasta llegar al final, donde por fin reconocerá que Francis Ponge estaba equivocado.